EL ALGORITMO DE LAS EMOCIONES
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POR: Alberto Rivera
10/22/20265 min read


Las redes sociales y su influencia en la construcción de la opinión pública.
La palabra algoritmo tiene una historia que se remonta a más de mil años. Su origen se remite a Muhammad ibn Musa al-Juarismi, matemático persa del siglo IX, cuyo nombre fue latinizado como Algoritmi. Sus aportaciones al desarrollo de las matemáticas y a la difusión del sistema de numeración decimal dieron origen a un término que, con el paso de los siglos, se convertiría en uno de los conceptos fundamentales de la era digital. De su obra también proviene la palabra álgebra, derivada del término árabe al-jabr.
Originalmente, los algoritmos eran procedimientos matemáticos que permitían resolver problemas mediante una secuencia ordenada de operaciones. Actualmente, constituyen la base del funcionamiento de prácticamente todas las tecnologías digitales, desde los motores de búsqueda hasta los sistemas de inteligencia artificial. Su aplicación en las redes sociales ha adquirido una relevancia particular por su capacidad para procesar enormes cantidades de información, identificar patrones de comportamiento y determinar qué contenidos aparecen en nuestras pantallas.
Cada publicación que observamos, cada video que reproducimos y cada contenido con el que interactuamos proporcionan información sobre nuestros intereses y preferencias. Los sistemas algorítmicos utilizan estos datos para estimar qué publicaciones tienen más probabilidades de captar nuestra atención y de mantenernos conectados. De esta manera, dos personas que utilizan la misma plataforma pueden recibir información completamente diferente, incluso cuando viven en el mismo lugar y comparten circunstancias similares.
Desde las neurociencias sabemos que el cerebro humano procesa la información mediante mecanismos relacionados con la atención, la memoria, las emociones y las experiencias previas. Los estímulos que despiertan miedo, indignación, entusiasmo o incertidumbre pueden adquirir mayor relevancia psicológica y captar nuestra atención con mayor facilidad.
La dopamina desempeña un papel importante en estos procesos. Este neurotransmisor participa en los circuitos cerebrales relacionados con la motivación, el aprendizaje y la anticipación de recompensas. La expectativa de encontrar una noticia interesante, de recibir reconocimiento social o de descubrir nuevos contenidos puede reforzar el hábito de revisar constantemente nuestras redes sociales.
A este comportamiento se suma el FOMO (Fear of Missing Out), también conocido como miedo a quedar fuera. Se relaciona con una necesidad profundamente humana: sentir que pertenecemos a un grupo y que participamos en lo que sucede a nuestro alrededor. La posibilidad de perderse una conversación, una noticia o una experiencia compartida puede generar una sensación de urgencia que favorece la conexión permanente.
Estos mecanismos tienen implicaciones importantes para comprender el comportamiento social y político. Las emociones intervienen en la manera en que las personas interpretan acontecimientos, evalúan gobiernos e instituciones y construyen sus opiniones. La información que coincide con nuestras creencias previas suele recibir un tratamiento cognitivo diferente de aquella que las cuestiona, un fenómeno conocido como sesgo de confirmación.
Los algoritmos pueden reforzar estas tendencias al recomendar contenidos similares a los que anteriormente despertaron nuestro interés. La exposición reiterada a determinadas interpretaciones puede aumentar su familiaridad, fortalecer creencias existentes e influir en la importancia que atribuimos a ciertos asuntos públicos.
En el estudio de la comunicación política, estos procesos se relacionan con teorías como el agenda-setting, que explica cómo la prominencia de determinados temas puede influir en la importancia que les atribuye la ciudadanía; el framing, que estudia cómo los encuadres informativos intervienen en la interpretación de los acontecimientos; y el priming, que analiza cómo la exposición previa a ciertos asuntos puede influir en los criterios utilizados para evaluar a los actores políticos.
Imaginemos a dos ciudadanos que viven en el mismo municipio y enfrentan problemas similares de inseguridad, servicios públicos o infraestructura. Uno de ellos consume diariamente publicaciones relacionadas con hechos delictivos, mientras el otro recibe principalmente información sobre obras públicas y actividades gubernamentales. Aunque ambos comparten un mismo entorno, sus experiencias informativas pueden contribuir a que desarrollen percepciones diferentes sobre la situación de su comunidad.
Esta relación entre información, emociones y percepción adquiere especial importancia en las campañas políticas. La circulación de contenidos digitales interviene en la visibilidad de los problemas públicos, en las conversaciones ciudadanas y en la formación de opiniones sobre quienes ejercen o aspiran a ejercer responsabilidades de gobierno.
La exposición constante a contenidos emocionalmente intensos también plantea desafíos para la deliberación pública. La velocidad de circulación de la información, la fragmentación de los mensajes y la búsqueda permanente de atención pueden favorecer interpretaciones inmediatas y dificultar el análisis de acontecimientos complejos.
Las redes sociales han ampliado las posibilidades de comunicación, participación ciudadana y acceso a la información. Al mismo tiempo, su funcionamiento ha incorporado sistemas tecnológicos que intervienen diariamente en la selección y organización de los contenidos que consumimos.
Comprender cómo funcionan estos algoritmos y su relación con los procesos cognitivos y emocionales permite analizar con mayor profundidad la formación de la opinión pública. Las percepciones sociales se desarrollan a partir de experiencias personales, creencias, emociones, relaciones interpersonales y entornos informativos que interactúan constantemente.
La información que recibimos influye en los asuntos a los que prestamos atención; las emociones intervienen en la manera en que los interpretamos, y nuestras experiencias y creencias contribuyen a formar las opiniones con las que comprendemos la realidad. En una sociedad cada vez más conectada, conocer estos procesos resulta indispensable para entender cómo pensamos, cómo nos informamos y cómo tomamos decisiones.
Rumbo a las elecciones de 2027, Morena ha vuelto a colocar las encuestas en el centro de sus procesos de selección de candidaturas. Esto plantea una exigencia que muchos aspirantes parecen subestimar: conocer y comprender la metodología con la que serán evaluados. No basta con tener reconocimiento público, trayectoria política, respaldo de grupos internos o presencia territorial. Es indispensable entender qué se mide, cómo se mide y qué peso tiene cada indicador en el resultado final.
La controversia en Nuevo León, a partir de los cuestionamientos de Tatiana Clouthier sobre el proceso interno en el que participó Clara Luz Flores, ilustra esta situación. De acuerdo con la explicación pública del procedimiento, Morena utilizó una evaluación de diez puntos que consideraba variables como el conocimiento del aspirante, la honestidad percibida, la cercanía con la ciudadanía, la preferencia electoral y el saldo de opinión, entendido como la diferencia entre las valoraciones positivas y las negativas.
En esa evaluación, según lo expuesto públicamente, Clara Luz obtuvo un resultado menos favorable que Felipe de Jesús Cantú en el saldo de opinión, pero obtuvo mejores resultados en otros componentes. El ejemplo permite comprender que una persona puede presentar niveles elevados de rechazo y, aun así, obtener un resultado agregado favorable cuando la metodología incorpora diferentes variables y ponderaciones. El resultado depende de la integración de los indicadores establecidos y no necesariamente de aquel en el que un aspirante presenta su mayor fortaleza.
Aquí aparece uno de los errores más frecuentes entre los aspirantes: interpretar las encuestas de forma fragmentada. Ser conocido no significa ser aceptado; tener una opinión favorable no garantiza la intención de voto; contar con una estructura política tampoco implica necesariamente una preferencia ciudadana mayoritaria. Cada indicador mide una dimensión distinta y adquiere relevancia según el objetivo de la evaluación.
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